El testigo de las emociones

Cuando avanzamos en nuestro proceso de Despertar espiritual, aprendemos que lo más importante es lograr un alto grado de atención, tanto hacia afuera como adentro de nosotros mismos. Ello implica una actitud de testigo imparcial que percibe todo y es consciente de ello, pero que no se involucra con lo atestiguado.

Esto es relativamente fácil cuando lo que se atestigua son elementos externos a nosotros, como un sonido o una sensación en la piel. Al escuchar el sonido de el mar, por ejemplo, podemos fácilmente limitarnos a darnos cuenta de que está ahí, y percibir sus detalles, sin vernos compelidos a intelectualizar lo que escuchamos.

Sin embargo, cuando se trata de lo que ocurre dentro nuestro, en la esfera mental, mantener una actitud de testigo puro puede ser más retador, sobre todo con algo tan fuerte como las emociones. Para poder avanzar en este sentido, es útil entender cómo se experimentan normalmente las emociones.

Una emoción es disparada por algún tipo de estímulo, usualmente externo, pero inmediatamente pasa a ser reforzada y mantenida por un proceso mental. Por ejemplo, si en la calle alguien nos grita algo que nos molesta, sentimos una primera emoción, pero simultáneamente nuestra mente comienza a desarrollar pensamientos al rededor de lo ocurrido, lo que revive y refuerza la emoción inicial, como en un círculo vicioso. Este proceso mental, el que refuerza la emoción, es lo que la actitud de testigo logrará detener.

Al igual que cuando prestamos fuerte atención a un sonido, el enfocarnos decididamente en esa primera emoción, luego del estímulo, impide que nuestra mente comience a girar al rededor de lo ocurrido. De hecho, lo más probable es que en ese caso el estímulo inicial que provocó la emoción quede inmediatamente olvidado, o al menos esté fuera de nuestra consciencia, por lo que sólo restará la percepción de la emoción inicial. En ese estado, enfocados en la emoción pero sin pensar en lo que la generó, la emoción se mantiene sólo con su intensidad inicial, y al no ser alimentada, comienza a perder fuerza y a desaparecer.

Así que esta es la clave: enfócate fuertemente en la emoción que percibes, al punto de que la mente dejará de “pensar”. Por lo tanto, dado que la circunstancia que generó la emoción ya no estará  en tu consciencia, la emoción sólo se mantendrá un momento, pero sin incrementarse, y finalmente desaparecerá. No evites sentir la emoción, no intentes que termine, simplemente enfoca tu atención en ella. Ello es asumir la actitud de testigo de tus emociones.

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